Hambre para mañana

De pequeño mi padre me decía que estudiara, que no perdiera el tiempo con tonterías y videojuegos (aunque luego se ha demostrado que también enseñan cosas útiles como apuntar y disparar armamento pesado o que comer setas rojas nos hace crecer y ponernos fuertes) y que me dedicara a los libros. No le faltaba razón: él, hijo de espartero (artesano del esparto, no del general de las Guerras Carlistas) vino a capital con 16 años y empezó a barrer un taller mecánico porque era lo que le ofrecieron. Y se jubiló siendo mecánico. Si hubiera comenzado barriendo el Ayuntamiento a lo mejor ahora sería alcalde, pero no pudo ser. Mala suerte.

“Si estudias podrás trabajar en una oficina, llevarás traje, tendrás aire acondicionado y secretaria y ganarás mucho dinero”. ¡Qué bien, el chollo padre! “Olvídate de los que te pegan en clase; algún día les pasarás la mano por la cara cuando te vengan a pedir trabajo a ti”. Justicia divina, pensaba yo.

Pues mira, al final estamos todos igual: los que estudiamos y los que no. Pendientes de un hilo, sobreviviendo con trabajos temporales con poco futuro y ninguna seguridad. Y yo pienso: Qué frustrante, a mí me han engañado. Mi padre me dijo que si estudiaba mucho llevaría una buena vida y estoy igual o peor que el tontaina que dejó el colegio con 14 años. Algo no va bien.

Claro, porque las cosas han cambiado, pero para eso mejor leerse mi artículo anterior. Aquí se viene a hablar de la educación, señora, lo del grupo de superación a la Arachibutirofobia es en el otro aula. Y gracias a la educación, por poco rentable que parezca, yo estoy donde estoy: con unas ganas locas de aprender cosas nuevas, de escribir, de ir a museos, de escuchar y hacer música, de hablar bien, de… Vale, ya paro.

Seño, Neo se ha comido mis deberes

Y eso es precisamente lo que se quieren cargar nuestros señores dirigentes: recortes impensables en educación (y sanidad). Vale que estamos en crisis, señor Wert, pero esto ya se sabe cómo termina, esto es pan para hoy y hambre para mañana. Si recortamos en cultura y educación, ¿para qué recortamos? ¿Qué pretendemos salvar entonces? Una población sin educación ni cultura es una población sin alma y sin futuro. El trabajo puede faltar en un momento dado, y si estamos preparados sabremos cómo salir del atolladero y buscar recursos, reinventarnos y conseguir progresar. Sin nada de esto simplemente nos sentaremos en el banco del parque a verlas venir mientras otros nos dicen qué hacer, qué pensar, qué… todo.

Así que sal a la calle, holgazán, que hoy profesores y alumnos están de huelga. Y más vale que la secundes, porque tú a lo mejor no vas a pisar más la escuela, pero tus hijos sí, y los médicos que te tendrán que curar cuando te jubiles, y los que te van a arreglar el coche cuando se te estropee, y los que te harán la declaración de la renta, y… todos. Porque la educación es de todos y para todos.

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